Hace un par de meses en Barcelona, había un hombre con ganas de leer, así pues visitó una librería. Se topó con un libro de Richard Brautigan llamado La pesca de truchas en América y en la portada aparecía un señor con bigote y una trucha detrás. No le gustaba mucho el pescado, ni tampoco el vello facial, pero pensó que era una oportunidad para ampliar su espectro de intereses. Ya en el metro, abrió el libro y empezó a leerlo. No obstante, no pudo pasar de la primera página. El primer capítulo, llamado "La portada de La pesca de truchas en América", hacía referencia a una portada distinta a la del libro que estaba sosteniendo entre sus manos. Profundamente alienado, lo cerró y se dedicó a contar los calvos que había en el vagón.
Por la noche, en casa, volvió a intentarlo, con los mismos irregulares resultados. En el capítulo "La portada de La pesca de truchas en América", el primero, se hablaba de una portada muy distinta, una fotografía de la estatua de Benjamin Franklin en San Francisco. Pasó horas intentando entender por qué el autor le estaba dando una información errónea, intentando encontrar una relación directa entre el señor del bigote y la estatua de Benjamin Franklin. Fatigado, se acostó. Esa noche soñó con truchas deslizándose por encima de calvas.
Al dia siguiente, en un ataque de diarrea, decidió reprender la lectura. En la taza, volvió a empezar el libro, pero no pasó de la segunda línea. Perturbado hasta decir basta, lo lanzó dentro de la bañera y acabó de cagar intranquilo. Incluso se planteó volver a la librería y comprarse un libro completamente distinto, que no tratara sobre pelos o peces, pero ese inútil sentimiento no tardó en desaparecer: comprendió que nada podía excusar su inhabilidad para leer La pesca de truchas en América. En un momento de lo que podría llamarse "ver la luz", entendió que tarde o temprano, tendría que enfrentarse a ese libro.
Pasaron unas semanas, durante las cuales el hombre intentaba convencerse de que no tenía deseos de pescar truchas en ríos estadounidenses. Finalmente, decidió darse una ducha. Al acercarse a la bañera, contempló el libro que había lanzado días atrás. La portada del señor con bigote reposaba oscura y apacible encima del blanco mármol. En un ataque de locura, reabrió La pesca de truchas en América pero, al no poder leer más de diez palabras, le entró un ataque de histeria. Sus lágrimas fluyeron hasta el punto de llenar la bañera. Dejó que el libro flotase en el llanto. No tenía fuerzas para cogerlo de nuevo.
En sus paseos en el metro, a veces localizaba otros individuos que leían La pesca de truchas en América, y que parecían haber pasado de la primera página. Los maldecía y los condenaba a grandes cantidades de vello facial. Reflexionaba entorno al autor del libro: se había suicidado, por tanto estaba loco y no sabía sobre portadas. Es posible que "La portada de La pesca de truchas en América" fuera el delirio de un demente; o que se refiriese a otra La pesca de truchas en América. Quizás había otra, circulando por las calles de esa misma ciudad, con la estatua de Benjamin Franklin en la portada. Recorrió decenas de librerías, pero sólo se encontraba la misma.
"Hola", dijo a un libretero con bigote. "Tienen otra La pesca de truchas en América?"
"Hola", le respondieron. "No, esa es la única La pesca de truchas en América que tenemos. Quizás debería buscar fuera del país. En América."
Evidentemente, concluyó, esa no era la original La pesca de truchas en América. Decidió ponerse en contacto con el editor de la suya, y corrió a la bañera para identificarlo.
Pero en la bañera ya no estaba el libro. En la piscina de su propio llanto pudo identificar diversas truchas que nadaban de forma muy ordenada y precisa. Decidió cogerlas e interrogarlas, pero al intentar atraparlas se zambulló completamente en el agua.
Notó un fuerte estirón en el paladar; un anzuelo estaba penetrándolo. Intentó mover las aletas, pero no se podía deslibrar: una fuerte presión lo elevó hacia la superfície.
En el borde del río, el señor con bigote, acompañado de una mujer con un bebé y rodeado de infinidad de árboles, empuña una caña de pescar y lo observa pasivamente.
Por la noche, en casa, volvió a intentarlo, con los mismos irregulares resultados. En el capítulo "La portada de La pesca de truchas en América", el primero, se hablaba de una portada muy distinta, una fotografía de la estatua de Benjamin Franklin en San Francisco. Pasó horas intentando entender por qué el autor le estaba dando una información errónea, intentando encontrar una relación directa entre el señor del bigote y la estatua de Benjamin Franklin. Fatigado, se acostó. Esa noche soñó con truchas deslizándose por encima de calvas.
Al dia siguiente, en un ataque de diarrea, decidió reprender la lectura. En la taza, volvió a empezar el libro, pero no pasó de la segunda línea. Perturbado hasta decir basta, lo lanzó dentro de la bañera y acabó de cagar intranquilo. Incluso se planteó volver a la librería y comprarse un libro completamente distinto, que no tratara sobre pelos o peces, pero ese inútil sentimiento no tardó en desaparecer: comprendió que nada podía excusar su inhabilidad para leer La pesca de truchas en América. En un momento de lo que podría llamarse "ver la luz", entendió que tarde o temprano, tendría que enfrentarse a ese libro.
Pasaron unas semanas, durante las cuales el hombre intentaba convencerse de que no tenía deseos de pescar truchas en ríos estadounidenses. Finalmente, decidió darse una ducha. Al acercarse a la bañera, contempló el libro que había lanzado días atrás. La portada del señor con bigote reposaba oscura y apacible encima del blanco mármol. En un ataque de locura, reabrió La pesca de truchas en América pero, al no poder leer más de diez palabras, le entró un ataque de histeria. Sus lágrimas fluyeron hasta el punto de llenar la bañera. Dejó que el libro flotase en el llanto. No tenía fuerzas para cogerlo de nuevo.
En sus paseos en el metro, a veces localizaba otros individuos que leían La pesca de truchas en América, y que parecían haber pasado de la primera página. Los maldecía y los condenaba a grandes cantidades de vello facial. Reflexionaba entorno al autor del libro: se había suicidado, por tanto estaba loco y no sabía sobre portadas. Es posible que "La portada de La pesca de truchas en América" fuera el delirio de un demente; o que se refiriese a otra La pesca de truchas en América. Quizás había otra, circulando por las calles de esa misma ciudad, con la estatua de Benjamin Franklin en la portada. Recorrió decenas de librerías, pero sólo se encontraba la misma.
"Hola", dijo a un libretero con bigote. "Tienen otra La pesca de truchas en América?"
"Hola", le respondieron. "No, esa es la única La pesca de truchas en América que tenemos. Quizás debería buscar fuera del país. En América."
Evidentemente, concluyó, esa no era la original La pesca de truchas en América. Decidió ponerse en contacto con el editor de la suya, y corrió a la bañera para identificarlo.
Pero en la bañera ya no estaba el libro. En la piscina de su propio llanto pudo identificar diversas truchas que nadaban de forma muy ordenada y precisa. Decidió cogerlas e interrogarlas, pero al intentar atraparlas se zambulló completamente en el agua.
Notó un fuerte estirón en el paladar; un anzuelo estaba penetrándolo. Intentó mover las aletas, pero no se podía deslibrar: una fuerte presión lo elevó hacia la superfície.
En el borde del río, el señor con bigote, acompañado de una mujer con un bebé y rodeado de infinidad de árboles, empuña una caña de pescar y lo observa pasivamente.
9 comentarios:
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Ets com en Paul Thomas Anderson:
Sempre acabes les històries a lo bestia, sense narrativa ni polles.
Muy grande el fina, Xavi.
Reconozco que: 1. El final es reduccionista, bombástico (aunque la narración en sí ES narrativa) y que 2. (aunque me esté intentando desquitar) es otra de esas historias mega-referenciales que tienen quizás poco sentido tomadas libremente (reconozco que aquí plagio ligeramente al bueno de Brautigan, al mismo tiempo que lo homenajeo, en fin, típica mierda "post-mo"), incluído el final.
Pitagórico.
comentaría otras cosas pero veo que para hecerlo hay que usar esdrújulos y pues no se me ocurre nada sólo imágenes que luego te regalo
por que soy tu fan
porque durante un año entro y encuentro "cosas"
tú seguí que yo seguiré regresando:
http://costasinmar.blogspot.com/2010/04/en-el-congelador-un-par-de-cabezas-de.html
Llevo dos días intentando leer la nueva entrada que aparece en mi blog:
"Und alle Mädchen wären mein" pero cuando entro en la página no me aparece nada...
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Gracias
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