Por lo visto la última narración publicada en el presente blog ha suscitado dudas y enfados por parte de algunos "seguidores" (fanáticos) de las ficciones aquí celebradas. Considerando el cripticismo evidente en la mayoría de fantochadas que rellenan (aunque últimamente, vacían) este vertedero, les ofrecemos en exclusiva la traducción de uno de los relatos de Richard Brautigan que quizás ayude a los lectores a comprender mejor la poca trivialidad de sus portadas y bigotes.
(y no, no es una mamarrachada posmoderna, la traducción es real y fresca)
PACIFIC RADIO FIRE
El océano más grande del mundo empieza o acaba en Monterey, California. Depende de en qué idioma estés hablando. La mujer de mi amigo lo acababa de dejar. Se marchó por la puerta sin decir ni adiós. Fuimos a pillar dos quintos de oporto y tiramos hacia el Pacífico.
Es una vieja canción que ha sonado en todas las jukeboxes de América. La canción ha existido desde hace tanto tiempo que ha sido grabada en el mismo polvo de América y se ha asentado en todo y ha transformado sillas y coches y juguetes y lámparas y ventanas en billones de fonógrafos para poder sonar dentro de las orejas de nuestro corazón roto.
Nos sentamos en una playa medio arrinconada rodeada de grandes rocas de granito y de la inmensidad del Océano Pacífico, con todos sus vocabularios.
Estábamos escuchando rock'n'roll en su transistor y bebiendo oporto sombríamente. Ambos desesperados. Tampoco yo sabía lo que él haría durante el resto de su vida.
Tomé otro sorbo de oporto. Los Beach Boys cantaban una canción sobre las chicas de California en la radio. Les gustaban.
Sus ojos eran alfombrillas heridas, mojadas.
Como una especie de extraña aspiradora, traté de consolarlo. Recité las mismas letanías que dices siempre a la gente cuando intentas ayudar sus corazones rotos, pero las palabras no pueden ayudar.
La diferencia la marca el sonido de otra voz humana. No hay nada que puedas decirle a alguien que pueda hacerlo feliz cuando se siente hecho una mierda por haber perdido a alguien a quien quiere.
Al final, le prendió fuego a la radio. Amontonó papeles a su alrededor. Les pegó fuego con una cerilla. Estuvimos sentados ahí, contemplando. Nunca antes había visto a alguien prender fuego a una radio.
A medida que la radio se quemaba, delicadamente, las llamas empezaron a afectar las canciones que escuchábamos. Un disco que estaba número 1 en el Top 40 súbitamente descendió al número 13 dentro de sí mismo. Una canción que estaba en el número 9 pasó a ser número 27 en pleno estribillo sobre el amor hacia alguien. Se vinieron abajo en popularidad como pájaros rotos. Entonces ya era demasiado tarde para todas ellas.
R. Brautigan, Revenge of the Lawn (1962-70)
(y no, no es una mamarrachada posmoderna, la traducción es real y fresca)
PACIFIC RADIO FIRE
El océano más grande del mundo empieza o acaba en Monterey, California. Depende de en qué idioma estés hablando. La mujer de mi amigo lo acababa de dejar. Se marchó por la puerta sin decir ni adiós. Fuimos a pillar dos quintos de oporto y tiramos hacia el Pacífico.
Es una vieja canción que ha sonado en todas las jukeboxes de América. La canción ha existido desde hace tanto tiempo que ha sido grabada en el mismo polvo de América y se ha asentado en todo y ha transformado sillas y coches y juguetes y lámparas y ventanas en billones de fonógrafos para poder sonar dentro de las orejas de nuestro corazón roto.
Nos sentamos en una playa medio arrinconada rodeada de grandes rocas de granito y de la inmensidad del Océano Pacífico, con todos sus vocabularios.
Estábamos escuchando rock'n'roll en su transistor y bebiendo oporto sombríamente. Ambos desesperados. Tampoco yo sabía lo que él haría durante el resto de su vida.
Tomé otro sorbo de oporto. Los Beach Boys cantaban una canción sobre las chicas de California en la radio. Les gustaban.
Sus ojos eran alfombrillas heridas, mojadas.
Como una especie de extraña aspiradora, traté de consolarlo. Recité las mismas letanías que dices siempre a la gente cuando intentas ayudar sus corazones rotos, pero las palabras no pueden ayudar.
La diferencia la marca el sonido de otra voz humana. No hay nada que puedas decirle a alguien que pueda hacerlo feliz cuando se siente hecho una mierda por haber perdido a alguien a quien quiere.
Al final, le prendió fuego a la radio. Amontonó papeles a su alrededor. Les pegó fuego con una cerilla. Estuvimos sentados ahí, contemplando. Nunca antes había visto a alguien prender fuego a una radio.
A medida que la radio se quemaba, delicadamente, las llamas empezaron a afectar las canciones que escuchábamos. Un disco que estaba número 1 en el Top 40 súbitamente descendió al número 13 dentro de sí mismo. Una canción que estaba en el número 9 pasó a ser número 27 en pleno estribillo sobre el amor hacia alguien. Se vinieron abajo en popularidad como pájaros rotos. Entonces ya era demasiado tarde para todas ellas.
R. Brautigan, Revenge of the Lawn (1962-70)
1 comentarios:
Molt bo Larch, molt bo...
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